1. Existe un temor de ser influenciados por los demás: A las personas se nos dificulta aceptar “nuestros errores” y a veces “el ego lo tenemos demasiado alto”, no nos gusta que alguien nos haga observaciones y entonces surge una resistencia y nos preguntamos ¿quién es el o ella para decirme esto? Y puede que nos sintamos agredidos, rechazados o juzgados por esa persona que “se atrevió a decirnos que hacer con nuestra vida”. Para que verdaderamente exista un cambio, la persona debe de ser lo suficiente sencilla y humilde para reconocer que no es perfecta y “permitir la ayuda de alguien más”, solamente cuando la persona este en la disposición de querer cambiar y tenga ese deseo entonces es cuando se dan los verdaderos cambios, pero para eso se debe de trabajar con ese “ego” que es el que impide muchas veces el crecimiento personal. Tienes que convencerte de que nadie es perfecto y dejar de culparte por tus errores.
2. El distanciamiento hacia ciertas personas produce miedo: Cuando la persona decide ir a una terapia o acudir a ciertos talleres se puede dar cuenta de que mantiene ciertas relaciones “codependientes” con algunas personas y que tiene que trabajar en los límites o bien alejarse de ellas porque eso le produce malestar en su vida. Sin embargo, algunas veces, en la práctica la persona prefiere seguir sufriendo maltratos o tener relaciones disfuncionales a ser asertivo y defender sus derechos, porque no tiene tolerancia al rechazo y le da miedo a ser abandonado o excluido de algún grupo social.
3. El miedo a crecer: Cuando la persona ha acudido a un trabajo personal se percata de que tiene que hacerse responsable de su vida y no ponerse más en el rol de “víctima” porque eso no la ayuda a crecer. Sin embargo, el crecer implica aceptar la vida tal cual es (con sus días soleados y nublados) y que no podemos pedirle a nadie que cuide de nosotros y un aspecto importante es saber que solamente depende de nosotros si queremos vivir en la felicidad o la tristeza a pesar de las circunstancias externas.
4. En ocasiones somos adictos a las emociones que nos producen tristeza. En varias ocasiones, el sentir paz produce en la persona un estado de aburrimiento y ansiedad, entonces ella misma puede provocar pensamientos de experiencias pasadas que le desencadenan emociones más fuertes. Crecemos en sociedades en las que se exalta el sacrificio y el dolor y desde pequeños escuchamos creencias relacionadas a que “en la vida todo cuesta trabajo” o “Tenemos que sacrificarnos por el amor a los demás”, entre otras. El resultado es que la felicidad nos dura muy poco porque en el fondo creemos que no la merecemos y que somos “egoístas si somos felices”. Con esto te sugiero que comiences a cuestionar esas creencias que no te permiten vivir en paz y tranquilidad y que las cambies por creencias más liberadoras y expansivas.
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LIC. SHARON KORNHAUSER LOPEZ

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